jueves, 23 de marzo de 2017

Bordo, el color de la sangre.

La luz de la entrada se encontraba encendida, la puerta parecía no estar trabada y la alfombra de bienvenida tenía un dejo de espanto impregnado en ella. Era como la escena de una película de terror de baja calidad, en donde ya uno sabe, que en el momento en que el protagonista traspase esa puerta su muerte será anunciada.
Me acerqué con pasos silenciosos y decadentes, siempre sabiendo lo que iba a encontrar del otro lado.
Al empujar la puerta, ésta chirrió, y como en una película la sangre estaba desparramada por toda la entrada. Las pequeñas gotas rojas daban cuenta del inicio de lo ocurrido. Avancé tanto como pude, siempre siendo consiente del carmín que decoraba las paredes de mi casa, como si de una obra de arte se tratase.
Al llegar al living me encontré con lo que tanto había temido, el cuerpo de un extraño se encontraba recostado sobre mi roído sillón en una posición fetal, sosteniendo con sus manos sus rodillas; como si con eso pudiera solucionar algo. La sangre había teñido la tela del sillón de un color bordó intenso, que extrañamente hacía juego con el tapiz gris en el que se encontraba disperso. La imagen no podía ser otra cosa que una obra de arte hecha con el alma verdadera del artista, con un sentimiento que sólo se puede encontrar en una persona pura como el arte mismo, un sentimiento que sólo quien lo perpetúo puede entenderlo.
Después de contemplarnos a los dos, decidí limpiarme la sangre que había quedado en mi cara por culpa del forcejeo del hombre al tratar de escapar de lo inevitable  y procedí a escribir. Tardé toda una noche, en poner en palabras lo que había sentido, lo que había hecho y sobre todo, me tomé el tiempo necesario para recordar paso a paso lo que había ocurrido,
Había descubierto la técnica perfecta, para crear la escena cumbre de mi nueva novela.


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